jueves, diciembre 06, 2007

imaginando ventanas

Han cambiado las farolas de los jardines por unos focos más potentes, de una luz amarilla que ilumina un reino de perturbados
El ojo de una cámara de seguridad vigila todos los pasos
Hace fresco en el patio, con ese viento de poniente que cruza las tardes de los otoños de Algeciras
Ella navega abatida, con una ilimitada huelga de afecto, pisando unos charcos en donde no se reconoce reflejada
Camina buscando un rostro que la mire entre las visitas que entran por la verja de un hospital de salud mental, o tal vez unas manos que le cierren las puertas del invierno
Los silencios le duelen más que las palabras a un corazón anestesiado, perdido en la inocencia de sus sueños, que solo se consuela contando los latidos que le faltan para detenerse.
Nadie hasta ella se acerca, gente que la ignoran igual que a un paseante. Mirándola se diría que se puede naufragar en tierra firme. Y otro día que se cubre de musgo
El relente humedece sus pestañas, en sus ojos el cielo despejado de diciembre garantiza más frío
Dan las siete de la tarde en el reloj de un edifico y suena un silbato, como el de un tren que vuelve a irse
Casi en fila, héroes sin hazañas, historias de pasos derrotados que tratan de conservar su dignidad, y también esos ojos están dejando de reconocer las cosas que suceden a su lado
La sientan a cenar en una mesa. Lo mejor del día : una tortilla francesa con una loncha de jamón york
Intentando comer con un tenedor que sostiene al revés sobre su mano
Tal radicalmente sola y perdida que la presencia de su cuidadora no altera lo más mínimo su soledad. Mastica la comida despacio, con la misma levedad que un hilo de su saliva cayendo plato
Habitación 115, un pasillo larguísimo, recorriéndolo lentamente, arrastrando los pasos, acariciando con la yema de los dedos el relieve de la pared
En su muñeca, una pulsera de plástico que con unas letras escritas a rotulador le aseguran su nombre
En su conciencia, recortes de su vida que a duras penas están sobreviviendo
Y tiene suerte; estos recuerdos se han hecho fuertes porque en algunos momentos de sus años todos sus sentidos reclamaron ser vividos. Son los pájaros cautivos de la mente
Algo así como una pequeña ventana por donde entra el ruido de aquellos días: las lecciones de química y geografía que aprendió en una cama, el balcón en donde él intuía su regreso los días de lluvia, no hacia falta que llamara al timbre, la sorprendía feliz abriéndole la puerta, todo su empeño en cogerle la cintura y envolverse en su oído; así se comentaban sus jornadas de trabajo
También por esa abertura le llega la mirada recién nacida de su hijo primogénito cuando la matrona lo acomodó sobre su pecho
O mucho antes, la tarde que se arriesgó a dar ese abrazo que le confirmó el color de lo que llevaría por bandera
El resto de su historia no existe para ella, se quedó ardiendo en su propio tiempo: la adolescente de la mochila temblando igual que un trozo de piel bajo la lluvia en ese beso eterno que duró un segundo, la pincelada breve de sus veinte años, las dudas que todos sentimos alguna vez, los paisajes secretos que nos levantan los ojos del vacío, el dolor, la verdad, el olor de lo perdido, el profundo arañazo de los celos, la noche del Estrecho y sus delfines
Testimonios de mundos que eran suyos y que su razón ha destruido
Qué escalofrío dan las memorias que se apagan en un instante, y querer recordar sin saber ni que ni cuando ni que cosa
Hace ya tres inviernos que la cordura le quitó el pasaporte, le dio las buenas tardes y la invitó a marcharse
Por eso siempre pasea con su foto de boda en el bolsillo, para defenderse de lo poco que le queda y hablarle, como hablan las mentes desubicadas y misteriosas
Mañana por la mañana bajará otra vez al patio y volverá a mirar con paciencia a algún extraño y le preguntará —como hoy me ha preguntado a mí— si podría decirle a su marido que la llame cuando regrese de trabajar
No sé si estuvo bien o estuvo mal que se me llenara la boca de sies
Con un golpe de agradecimiento movía la cabeza. Para ella la paz debe ser ese recuerdo
Quizás sufriera Alzheimer o estuviese loca, no puedo decírtelo, como tampoco puedo decirte porqué salió el sol de pronto al mediodía
Más bien estaba enferma de futuro, porque sentada en la esquina soleada de un banco, rascándose las manos y con una convencida sonrisa, se puso a esperar. Y es que su frágil mente además le sugiere que todo es posible, y es admirable desear a alguien así, tan inútilmente
También vino a consolarle este jueves, la suave costumbre que tienen las flores de resplandecer en los jardines de los psiquiátricos.

4 comentarios:

Edurne dijo...

Es un relato desoladoramente precioso, Miguel, como la suave belleza de esas flores que son chispazos de color entre el gris de esas cabezas perturbadas, como la costumbre de escapar de lo más profundo de la tristeza imaginando ventanas. Yo también le hubiera dicho que sí, para consolarla, y tampoco sé si hubiera hecho bien. Siempre es un placer leerte. Un abrazo.

LA CAÑA DE ESPAÑA dijo...

Odio lo psiquiatricos, no por lo que son, sino por lo que significan. Tambien odiaba los hospitales, por lo mucho que sufrí en la piel de otra persona durante años, hasta que me acostumbré de nuevo a ellos cuando trabajaba de socorrista en ambulancias. Llevas la vida de una persona en tus manos, de pronto todo el mundo de ese ser está encerrado en ese cubiculo en donde está la camilla en que le trasladas.
No hay nada mas triste que olvidar la vida. Es nuestro sino: terminar siendo olvidados tras algunos años de nuestra muerte, pero cuan triste es que tú mismo te olvides.
Un saludo.

claudia dijo...

ay miguel, que me quedo con la cara entre las manos leyendo y no queriendo saber, y a la vez, buscando el final
tan hermoso escribís algo tan triste
y yo? estaré loca? también deseo algo asi...tan inútilmente

un abrazo
claudia

Waiting for Godot dijo...

Miguel, me ha gustado mucho. Aunque después de leer el anterior, bueno, es como que demasiado por hoy, tantas palabras buenas que escribes. Besos.