miércoles, enero 23, 2008

actitudes

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Esta mañana me puse mis zapatos despojados de memoria y un abrigo al que le faltan cuatro letras para quitarme este frío
El viento de poniente golpeaba las señales luminosas de la autovía
Los faros amarillos de mi coche atravesaron la niebla de un puente
La luz violeta del amanecer se fugó sobre un camión de mudanzas
Escuché en la radio noticias de guerras de muy lejos
Un taxi a punto estuvo de atropellar a un corazón abandonado en un bordillo
Vi labios con las manos hambrientas, pidiendo por las aceras
Besos marginados pasando la noche al raso
Policías floreciendo en las cunetas en donde tú siempre eres el malo
Individuos uniformados limpiando los cristales del Mc Donald
Gente fumando en ayunas, ahogando sus colillas en los sumideros, confabulando contra el día
Miré unos seres extraños escondidos detrás de sus caretas que se negaban a vivir con sus ojeras
En un banco del paseo la insensibilidad le estaba concediendo una victoria póstuma al amor, mientras que las falsas apariencias aplaudían
Escuché el violín de una ambulancia con breves notas de morfina
La soledad se afirmaba en cada esquina, la lluvia ensuciaba los cristales y todo estaba tan oscuro como la luz de una cerilla cuando se apaga
Nadie sabía nada de los corazones muertos en los arcenes ni del prófugo olor a encuentro de las plazas
Actitudes de un día amaestradas por la gente incapaz de inventarse otra rutina
Esta mañana me hice una pequeña herida en el fondo de mis ojos que me duele cuando miro
Contarte como esta mañana me sorprendió el momento menos malo del día mirando por la ventanilla de mi coche los barcos del desguace, que no se hundieron
Si amaneció, no lo recuerdo.

sábado, enero 12, 2008

a veces llegan barcos

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La toalla en la piel al salir de la ducha, lo blanca que parece sin su blusa, el ritmo de su aliento en el cristal de la repisa en la que guarda sus colonias y sus cosas
Nada podrá alterar el gesto pensativo que siempre la acaricia al mirarse en el espejo donde se descubre reflejada
Y es capaz de entretenerse: en la lágrima de agua que cae de un grifo, en la gota de humedad que se desliza en el azulejo, en el regalo por los treinta años que pronto cumplirá su sobrino . Y es esa forma que tiene de mirarlo todo, proclamando con sus ojos que es frágil
Y caminando desde el baño a la habitación va dejando en sus pasos confesiones y en el aire el aroma del perfume con olor a rosas que se ha puesto
Lo lleva todo en su cara , en su boca. Y piensa que debe acostumbrarse a envejecer, que el arte de los años es no darse nunca por vencida
Se le ve feliz paseando por la calle, y se muerde los labios cuando una amiga le pregunta algo, por ejemplo , del amor
Porque vuelve a tener los ojos brillantes casi húmedos
Alguien ha invadido su presencia, algo le pasa dentro, algo que la ocupa sin saber por donde ha entrado.
Sus sesenta y tantos años los ha dejado en casa , los ha puesto en un jarrón como una flor
Y cuando se encuentra con él en la puerta oscura de un café, siente como renacen las palabras en una conversación de confidencias
Y vuelve a mirar con ojos de muchacha la ropa fugitiva de los maniquíes de las rebajas
Se pregunta si le quedaría bien esa falda roja, o en tono de broma; cómo le sentaría el gracioso encaje de una diminuta ropa interior. Y hay una mano por encima de su hombro que le asegura que se ponga lo que se ponga siempre estará guapa.
Es necesario el secreto para saberlo todo, por eso se siguen la risa por las aceras, sienten la duda del beso en la boca, exploran el calor resistente de las brasas. Porque empiezan a comprenderse en todos sus rigores
Ella lo agarra buscando un lugar entre sus brazos, un refugio, un sitio donde protegerse
Y piensan: en sandalias en la orilla del mar, en sus ropas mezcladas en el armario, en la fragancia que habita en las palmas de sus manos, en dejar breves notas al pie de sus ventanas
Ya no conciben el riesgo del futuro pero sí que viven el presente
No quieren trasnochar, no tienen edad para eso, pero apuran el sentido de los amaneceres paseando de la mano en una playa
Él le preguntará por el cumpleaños de su sobrino , ella le dirá que estuvo bien
Después ella le comentará cualquier cosa: que tal el reúma, hace frío, te quiero.

viernes, diciembre 28, 2007

y no importa

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Es aguanieve lo que cae en esta tarde fría de diciembre
Su particular manera de cerrar el paraguas y saludarlo, el gesto que le pone al abrir distraida el bolso y ofrecerle un cigarro
Y luego es la sensación de estar solos entre la gente al entrar en una cafetería
La importancia de permanecer juntos es la que los une en una mesa desde donde se oye levemente el sonido de la lluvia. Piden dos cafés y la opción de no elegir silencio
El orgullo de su cara al pronunciar su nombre o recogerse en la intimidad de su voz cuando en su idioma le cuenta que le habla a toda su familia de él, como cuando por teléfono le presentó a su hermana pequeña que en las calles de China sobrevive
Y también es esa rebeldía que lleva certificada en sus labios, su bufanda celeste salpicada por sus hombros, su pelo corto reluciendo en el brillo de la noche, su maleta de viaje siempre abierta. Se le ve tan viva, tan deliciosamente siempre viva
Y no molesta que si él es de aquí y ella de miles de kilómetros, o que hablen idiomas diferentes, porque están por encima de las etnias, de los seres que pretenden ocultarse tras las máscaras de las desemejanzas.
Se miran, se contemplan, se observan.
Y él escribiendo en una servilleta le enseña a corregir acentos, a pronunciar un te quiero con la boca abierta, igual que se abre un abanico.
Se preguntan cosas con la mirada, y siempre opinan lo mismo : somos lo que entregamos
Y es la calle quien le ofrece su mejor sonrisa, y se ríen de las dudas: de la manía que tienen de lastimar por las esquinas de la vida
Tan diferentes los dos. Pero supongo que ya sabes que hay caminos distintos que llevan a sitios parecidos
Por eso se aprietan fuerte y saben hacia que lado tienen que inclinar sus confianzas, y los mensajes de sus ojos los ponen en sus oídos y los traducen, con el descaro que tienen las profecías saliendo de sus bocas
Se rescatan y declaran: “ vámonos de aquí”
Y huyen de los mensajes navideños, de la ira de los escaparates, de los humanos que se agolpan a la entrada de los comercios, de la gente que no prometen nada después de sus orgasmos.
Escapan de los caminos señalados de antemano y se dejan vencer por la carga descomunal de sus afectos. Y van escribiendo una historia de amor entre dudosos
Y cuando caminan de la mano infinidad de cosas se ponen a funcionar a causa de ellos.

lunes, diciembre 17, 2007

que sea tranquilamente

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Las reliquias numeradas de un billete de tren archivado entre las páginas de un libro
El calor dejado en un resguardo, una fecha luchando contra el frío
Hay formas de irse y formas de volver
No siempre hay viajes de regreso y no siempre que se viaja se llega a algún lugar, pero siempre hay lugares intermedios, asientos húmedos en los jardines que nos hacen transitar para inventar el sueño de volver. Si estás sentado leyendo un libro y lees la palabra mar, olerá a mar , y si lees estación, se oirá salir el tren
Palabras que suplantan a la vida y penetran de memoria en su destino, aunque luego las palabras se van y el mar y la estación se quedan
Abrir un libro y encontrar un tique tienes estas cosas . Decían los griegos que los seres humanos se dividen en tres grupos: los vivos, los muertos y los navegantes
Y la conciencia nos dice que hay ciudades guardada en la retina, con un olor a flores que se pudren, con esa intensidad que adquieren los pensamientos en los bancos de los parques , porque sabes exactamente en donde te va a doler
Por eso, si algún día nos volvemos a encontrar, que sea tranquilamente…
Tal vez en un pueblo del sur con sus casas humildes, con su mar alegremente plantado delante de los ojos, o en esa plaza de tu ciudad donde caen en otoño las hojas acorazonadas de los chopos sobre los mosaicos que dibujan el pavimento.
El reloj amable en una torre me dirá que falta poco
Iré contando mis pasos, que dulce será decir tu nombre y seguir caminando hacia tu encuentro, divisarnos tibiamente y quitarnos el frió de la ausencia
Me mirarás regresando, sonriendo en un paso de peatón, prometiéndonos un abrazo cuando un color se ponga en verde
Sentiré el lujo del calor de tu mano por las calles y como quitándole importancia a estos años apoyaré mi mano en tu hombro al preguntarte por esas gotas de miedo que salpicaron tu salud o al contar una anécdota divertida 
y a tí se te derramará la risa de cada primavera
Las estrechas callejuelas se tomarán la libertad de arrimarnos mientras esperamos el golpe que empuje nuestras bocas.
Sera agradable tomarnos algo en algún bar decorado con fotos de unas fiestas singulares,  ya sabemos las costumbres de los sitios en que vivimos o detenernos en una esquina para decirnos que todo sigue ardiendo como entonces
Amaremos incomprensiblemente a la gente que se cruza a nuestro paso
Le hablaremos de nosotros sin ni siquiera dirigirles la palabra
Será todo muy sencillo y luminoso. Abriremos bien los ojos : los dos ya aprendimos que existen los abismos
Y cuando todavía en sorpresa nos miremos frente a frente; algo dentro de mí en actitud de ofrenda palpitará
Las palabras ya no servirán, solo el gesto de que alcances con tu mano lo que es tuyo

jueves, diciembre 06, 2007

imaginando ventanas

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Han cambiado las farolas de los jardines por unos focos más potentes, de una luz amarilla que ilumina un reino de perturbados
El ojo de una cámara de seguridad vigila todos los pasos
Hace fresco en el patio con ese viento de poniente que cruza las tardes de los otoños de Algeciras
Ella navega abatida con una ilimitada huelga de afecto, pisando unos charcos en donde no se reconoce reflejada
Camina buscando un rostro que la mire entre las visitas que entran por la verja de un hospital de salud mental o tal vez unas manos que le cierren las puertas del invierno
Los silencios le duelen más que las palabras a un corazón anestesiado, perdido en la inocencia de sus sueños que solo se consuela contando los latidos que le faltan para detenerse.
Nadie hasta ella se acerca, gente que la ignoran igual que a un paseante
Mirándola se diría que se puede naufragar en tierra firme. Y otro día que se cubre de musgo
El relente humedece sus pestañas, en sus ojos el cielo despejado de diciembre garantiza más frío
Dan las siete de la tarde en el reloj de un edifico y suena un silbato como el de un tren que vuelve a irse
Casi en fila, héroes sin hazañas, historias de pasos derrotados que tratan de conservar su dignidad, y también esos ojos están dejando de reconocer las cosas que suceden a su lado
La sientan a cenar en una mesa
Lo mejor del día : una tortilla francesa con una loncha de jamón york
Intentando comer con un tenedor que sostiene al revés sobre su mano
Tal radicalmente sola y perdida que la presencia de su cuidadora no altera lo más mínimo su soledad. Mastica la comida despacio con la misma levedad que un hilo de su saliva cayendo plato
Habitación 115, un pasillo larguísimo  recorriéndolo lentamente, arrastrando los pasos, acariciando con la yema de los dedos el relieve de la pared
En su muñeca una pulsera de plástico que con unas letras escritas a rotulador le aseguran su nombre
En su conciencia recortes de su vida que a duras penas están sobreviviendo
Y tiene suerte; estos recuerdos se han hecho fuertes porque en algunos momentos de sus años todos sus sentidos reclamaron ser vividos. Son los pájaros cautivos de la mente
Algo así como una pequeña ventana por donde entra el ruido de aquellos días: las lecciones de química y geografía que aprendió en una cama, el balcón en donde él intuía su regreso los días de lluvia, no hacia falta que llamara al timbre, la sorprendía feliz abriéndole la puerta, todo su empeño en cogerle la cintura y envolverse en su oído; así se comentaban sus jornadas de trabajo
También por esa abertura le llega la mirada recién nacida de su hijo primogénito cuando la matrona lo acomodó sobre su pecho
O mucho antes, la tarde que se arriesgó a dar ese abrazo que le confirmó el color de lo que llevaría por bandera
El resto de su historia no existe para ella, se quedó ardiendo en su propio tiempo: la adolescente de la mochila temblando igual que un trozo de piel bajo la lluvia en ese beso eterno que duró un segundo, la pincelada breve de sus veinte años, las dudas que todos sentimos alguna vez, los paisajes secretos que nos levantan los ojos del vacío, el dolor, la verdad, el olor de lo perdido, el profundo arañazo de los celos, la noche del Estrecho y sus delfines
Testimonios de mundos que eran suyos y que su razón ha destruido
Qué escalofrío dan las memorias que se apagan en un instante, y querer recordar sin saber ni que ni cuando ni que cosa
Hace ya tres inviernos que la cordura le quitó el pasaporte, le dio las buenas tardes y la invitó a marcharse
Por eso siempre pasea con su foto de boda en el bolsillo, para defenderse de lo poco que le queda y hablarle, como hablan las mentes desubicadas y misteriosas
Mañana por la mañana bajará otra vez al patio y volverá a mirar con paciencia a algún extraño y le preguntará —como hoy me ha preguntado a mí— si podría decirle a su marido que la llame cuando regrese de trabajar
No sé si estuvo bien o estuvo mal que se me llenara la boca de síes
Con un golpe de agradecimiento movía la cabeza. Para ella la paz debe ser ese recuerdo
Quizás sufriera Alzheimer o estuviese loca, no puedo decírtelo como tampoco puedo decirte porqué salió el sol de pronto al mediodía
Más bien estaba enferma de futuro  porque sentada en la esquina soleada de un banco, rascándose las manos y con una convencida sonrisa se puso a esperar
Y es que su frágil mente además le sugiere que todo es posible y es admirable desear a alguien así, tan inútilmente
También vino a consolarle este jueves  la suave costumbre que tienen las flores de resplandecer en los jardines de los psiquiátricos.

miércoles, noviembre 21, 2007

dejar de ser para ser

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La vida tenía sabor a nochebuena cuando ella contaba historias que temblaban en sus labios.
Los domingos por la tarde planchaba alguna ropa, llenaba el tambor de la lavadora con varias prendas de última hora: un vaso de detergente, el suavizante, etc.
Y mientras tanto bajaba a un bar que hay aquí al lado. Su vieja costumbre de descansar la tarde en el borde de una mesa, siempre arropada por esa debilidad que sienten las tabernas por las mujeres solitarias
Sus zapatos viejos, sus pasos de luto, la resignación apoyándose en su desgastado bastón, su perro orgulloso tendido en su sombra menuda y su vaso de aguardiente
El reúma que padecía se asociaba con sus recuerdos para exagerar la melancolía y el humo del tabaco saliendo de su boca despertaba soledades.
Al calor de un café en una mesa de madera, algunas tardes, me contaba su vida
Sucesos tristísimos, memorias de canciones de su época, anécdotas de borrachos del puerto, relatos de amores que recorrían las mañanas de su cama, rescatando memorias, ordenando pasajes, con su alma en forma de gato asustado.
Palabras fascinantes que la iban desnudando: ya sabes que hay gente que al hablar se olvida de su transparencia, evocaciones que el tiempo le devolvía, como el mar le devolvió a su marido después de aquel naufragio. Porque aquella primavera se durmió su vida.
Era el año mil novecientos setenta y dos cuando el Atlántico se dispuso a incrementar su colección de barcos hundidos. Tristes noticias en las radios, rumor de sirenas de pesqueros, un llanto en cada esquina.
La misma historia que contaba mil veces en noches llenas de esplendor y de muerte
Con cuatro hijos tuvo que ponerse a trabajar limpiando sin descanso en un hotel, con ese coraje terso que tienen las madres rotas
Sus años no tenían guión o tal vez el guión era ella, quién sabe.
Hoy al pedir un café , Agustín, el camarero, moviendo la cabeza me hizo un gesto concluyente. "¿Ya sabes lo de Carmen... ?"
Hoy te recuerdo así: dándole la espalda a tu casa , a tu noble perro labrador, a tu huerto expropiado por donde pasará el tranvía
Y te pones frente al mar y te lo llevas todo cargado de nostalgias porque esa muerte, solo tuya , ha venido a reemplazar tu antigua herida
Su calle daba a cualquier callejón
Su corazón, tras los barrotes , a las marismas
Bebía y fumaba más de la cuenta pero su presencia en este bar no la cambiaría ni por el mejor salón de té de París.
Con una copa de vino cargada de cipreses he querido imaginar el argumento de sus días, con palabras que no me atrevo a ponértelas por escrito.
Una canción suena al otro lado de la barra, música de sueños que al no cumplirse se degradan
En el cielo una bandada de gaviotas grises y la dulce costumbre del sol de poniente.
En mis gafas un rocío imprevisible
como de haber llorado

viernes, noviembre 09, 2007

confesiones

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La luz de noviembre se oscurece de pronto en la barriada donde eché mis raíces. Me ocurre a veces que después de una semana de trabajo conduzco hasta perderme en el viejo trayecto de una casa con el perfil de la infancia. Faros que alumbran una fecha y han venido hasta mí las viejas callejuelas de esta ciudad para recordar ese tiempo, porque todo aquí se llama respirar. Calle San José nº 28. La sombra de una casa que ya no existe, con dos ventanas que miraban al mar porque las casas de hoy en día se fabrican mirándose a ellas mismas. Y me viene a la memoria los colores confusos que uno recuerda de los ocho años. Una voz que me levanta de la cama para llevarme de la mano al colegio, el lucero del alba en mi maleta y ella vestida de su tiempo me besaba. Eran los días del primer televisor en blanco y negro, en una habitación que se calentaba con la lumbre de una estufa de carbón. La nochevieja, el brindis con anís para recibir el año nuevo, las doce campanadas, la originalidad de la escasez apoyada en el mantel de hule de una mesa. Mi amigo Juan, el beso de Rosario, el abuelo Miguel, que pasó su vejez sentado en una silla de enea , ligeramente solo, mirando una ventana. Los rostros conocidos de los que ya no están, los que vamos señalando con el dedo en una fotografía familiar. Después llegaría el paisaje claro de mi tiempo como vienen las cosas que son inesperadas. Las ropas manchadas de adolescencia volando en la azotea, las libertades asomándose a una playa que tenía nombre de muchacha. Mis cuatro años en un internado convertidos en amenazas donde la física y la química convivían con unos trajes de sotana que no aceptaban el trato de la vida rebosante. Mi sueño adolescente fracasando en la boca de esa gente. La vida rutinaria de esos años, los trenes de cercanías , las tardes de los sábados, la complicidad que compartían las calles con nosotros .Y así crecí sin prisas, sin hacerme notar. Y el mar siempre presente, pidiendo la palabra, llamando la atención. ¿Y para que mentirnos? también he vivido en algún mundo imaginario . Y no es culpa mía, porque yo he visto crecer pinos encima de las dunas, he visto caer la nieve en la meridional provincia de Cadiz, he visto llover primaveras en unos labios que no me pertenecen.  Y puestos a confesar te diré: que la hierba que creció en este rincón tan mío surgió de algún encuentro, que algunas veces la lluvia se me clava en el costado izquierdo. Que sería mas feliz si no viese la tristeza que habita en las cosas .Me siento afirmado en una parque y en una estación de tren. Me dan miedo los arcos tensados sobre los hombros, los lagrimales que están a punto de secarse y las bolsas de basura pintadas de verde 
Hay dias que me apuntan con una pistola pero son mas frecuentes los que soy yo el que busca la bala. Nunca he llegado a comprender el chantaje del tiempo ni el misterioso infinito que esconde una mirada. Cuarenta y tantos años y para sobrevivir sigo cosiendo en mi almohada los sueños que me laten por dentro. Y conforme pasan los días la criatura que hay en mí se agranda, me recorre las arterias y se asoma a mis ojos para mirar por ellos. Sigo siendo el mismo de siempre : mi trabajo, mi poco tiempo libre, mis libros .El que sigue apoyándose en los viejos barandales del muelle. Y me siguen doliendo los brazos al recordar a los tuyos.

lunes, octubre 29, 2007

princesa

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La puedes reconocer fácilmente
va vestida de verde con una estrella posada en su flequillo 
tiene el mes de junio entre los ojos
y tiene el coraje de decir nuestro nombre sonriendo
Su belleza se descompone en colores
como todos los cuerpos con la luz
Alguna vez desciende de donde habita
y con el mismo brillo que miran los ojos de las hadas
te pregunta por una dirección
o cómo se llega al parque mas próximo
Con una sonrisa leve
porque siente debilidad por los columpios
por subirse a un tobogán y deslizarse suavemente con las piernas colgadas en el aire
Y entusiasmada los niños la descubren
y juegan en espacios que a nadie pertenece
Ella se abre y se cierra
y hay algo infantil en sus manos
aferradas a las cadenas de un columpio
y mientras se balancea
les va contando cosas , con la lógica aplastante que esconde detrás de sus ojeras
Porque ella apenas duerme
porque le duele la conciencia
cuando a los demás nos duele la cabeza
Cuando se acaba el día las gaviotas la encuentran ;
cansada y recostada en la orilla de la playa  Antes de irse a su hogar
se detiene para despedirse de las calles
Y se marcha tatareando canciones
que a todos les aprieta el corazón
Y la gente la mira:
tan menuda , tan dulce
tan tibia la sonrisa de sus ojos
y mientras camina no se hace de noche casi nunca
porque le va prestando su luz a las aceras
Apenas sabe del mundo
nada más que por las cosas que yo le voy escribiendo
Las veletas y las antenas son sus únicos paisajes
Si alguna vez traspasas las lindes de la noche
 y de tus labios tan solo sale un triste humo
Invócala
porque ella está por donde tú naufragas :
en la soledad mas ancha
en tu mar inalcanzable
Ella : la que va soltando lastre para no hundirme
la que administra mis pequeños recuerdos para pasar la noche de los viernes
o de los sábados
la que me cuenta secretos
que están justificando mis días de trabajo
Ya verás que escaleras
tan altas y tan azules estoy construyendo en las fachadas de las casas
para subir a verte
para sentarnos en las chimeneas
junto a las gárgolas
como en los viejos tiempos
y seguir hablando los dos de nuestras cosas
Para que en conversaciones de miradas lentas
le dictes a mi lápiz lo que siento
Princesa de los tejados.

viernes, octubre 19, 2007

puntos suspensivos

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Y aparece detrás de unos puntos suspensivos tirados en las aceras
Y a pesar del ruido del tráfico oigo su voz suavizando mis ridículos temores y hago un triple mortal en el alfabeto que invento con las manos para compartir con ella mis vocales.
Me habla dulcemente y me dice “acompáñame a la panadería”.
Y hace suyo el olor del horno, el del pan y el de la tarta de chocolate
La harina se confunde con el blanco de su mano, salimos y yo noto su pelo lloviéndome en la cara, y a esta ciudad ya no le falta el aire, ni la luz, ni el sonido porque ella está por todas las esquinas.
Nos damos un abrazo y brilla en mi cara todo el oro de los cuentos, pero no veo sus ojos.
Instalamos un balcón en la calle y salimos a volar,vemos la Luna despedirse del agua en un charco y contamos las gotas de lluvia de todos los tejados.
Le pido una explicación para toda esta música
Y yo voy anotando en trozos de piel lo que me ocurre
Y no es porque ella traspase todas las paredes de todas las casas
Ni el cristal de todas las vidrieras
Ni porque penetre en lo más adentro de mi adentro
Es que ella deja su ventana abierta y la amanezco
Es que escribir es mi única forma de encontrarla
Entonces me pide unos versos para descubrirla
Y yo le escribo un poema que se llama tarta de chocolate, que se llama abrazo, que se llama puntos suspensivos.

*Gracias a ti, Edurne , porque pintas historias de lugares y de gentes, o simplemente porque tus letras tienen por destino el fondo de los ojos

domingo, octubre 14, 2007

palabras

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Ella me reconoce entre la gente, se acerca y me sonríe mar adentro, porque ella siempre sonríe con reflejos de corales a quien la mira. Y con su mirada brillante me pide una palabra, una frase, o una expresión.
Yo le digo lo primero que se me ocurre. No sé... le digo calle, le digo semáforo, le digo zumo de naranja.
Entonces me toca la espalda; como si fuera tierra, como si fuera agua , como si fuera árbol . Me abraza, me acuna en el aire, me da las gracias , y yo me siento dichoso entre sus ramas
Después se acaricia la espuma que la cubre. Comienza a recoger las palabras, sale corriendo y las va depositando: en los quicios de las puertas, en la pequeña terraza de unos ojos, en el abrigo colgado de una percha o en el ribete de un sujetador.
Y tiene los dedos cada vez más sucios de ir retirando el polvo de los buzones de las casas deshabitadas, para que pueda entrar la luz en los sueños de los domicilios que regresan de un olvido.
Porque ella sabe elegir bien lugares donde entregarlas; sabe taparle la boca al tiempo y a los relojes.
Y con todas esas letras, va regalando frases por las calles. Deletrea las palabras poco a poco. Y los nombres de la gente los pronuncia mezclados con abrazos , o con estrellas de mar.
Dice Juan y le agrega "arena blanca" o dice Marta y lo combina con "luz del mediodía" o con no sé qué de la
lluvia.
Llena la cesta de la compra de una señora con todas las conjugaciones del verbo besar y a la mujer le parece imposible. A una esposa le dice una palabra preñada de una frase, se lleva la mano al vientre y se sonroja.
Y nadie comprende muy bien lo que les pasa, tiemblan y se asombran, hacen tonterías, se ríen y les encanta, y se llevan prestadas las palabras.
Y cuando ya ha ofrecido casi todas, me busca otra vez por los viejos adoquines de una calle. Porque ella sabe encontrarme, porque vuela mucho mas rápido que yo.
Me mira , me sonríe , se despeina dulcemente , y con la boca llena de pájaros o de almendras, me besa, y me dedica en los labios la palabra "arco-iris". Y la última que le queda " rosa",
la deja creciendo al lado de mi nombre.
Y se va caminando, y desde el horizonte hasta sus ojos va dejando vocales encendidas para que yo las vea.
No sé nunca que dirección toma, ni cuando volverá a por más, pero
sí sé que le gusta su destino.